lunes, 28 de septiembre de 2009


Los toros de ayer y de hoy.

Asistí hace unos años con agrado a la proyección de las películas taurinas restauradas por el IVAC, con las que el Museo Taurino de Valencia, bajo el título de "I Ciclo de Cine Histórico Taurino", ha creado un nuevo espacio dedicado a la difusión de la fiesta de los toros. Debo felicitar la iniciativa, que se une a los pasados Ciclos de Conferencias Manuel Granero, que, desde hace dos años, se viene dando durante el mes de Mayo en el MUVIM de Valencia. Los aficionados que nos congregamos en ambos actos ya nos vamos conociendo, porque, generalmente, siempre somos los mismos, y personalmente acojo con verdadero agrado este tipo de encuentros.

Me sorprendió gratamente el estado de las películas tras su restauración, porque, tras leer el folleto de presentación, la verdad es que esperaba ver las copias en muy mal estado, por cuanto que el conservador del IVAC nos previene sobre las rayas, la pérdida de emulsión y otros males que aquejaban a las cintas. He podido comprobar la gran diferencia que hay entre el toreo actual y el de hace sólo unos años, observando por ejemplo la cantidad de gente en el ruedo durante la lidia; cuatro ó seis picadores presentes junto a las tablas, (obligados, evidentemente, por los estragos que causaban los toros sobre los caballos desprovistos de peto), el hecho de que el peonaje esté presente mientras el matador torea, tanto de capa como de muleta. Incluso en la suerte de matar hay un peón a la espera de hacer el quite muy cercano al maestro. Otra cosa sorprendente ha sido ver como los subalternos de a pié daban - generalmente- todos los lances a una mano; es decir, corriendo al toro, sin llevarlo toreado, excepto cuando los ponían en suerte para banderillear. Ver a Joselito macheteando por bajo a los toros y adornándose pinturero con toda clase de recortes y desplantes contrasta con el toreo más "serio" de Juan Belmonte, contrapunto necesario para crear afición. Lamentablemente hoy en día asistimos a otro concepto de la lidia en el que los toreros parecen traer la faena hecha desde el hotel, y, tarde tras tarde vemos más de lo mismo, con lo cual, y a la vista del toreo de antaño, planteo las diferencias entre el ayer y el hoy:


Ayer los peones paraban
al toro, dejándolo ver, para que el matador pudiera observar su comportamiento.

Hoy los peones "paran" al toro asomando el vuelo del capote por la tronera del
burladero para que éste se estrelle.

Ayer el toro iba un
poco más a su aire, aquerenciándose ó en los medios hasta que se le llevaba al
caballo y se le sacaba y quitaba, generalmente por los propios matadores.

Hoy se lleva al toro
hasta el burladero de la segunda suerte, y allí se le mantiene hasta que el
matador vá en su busca, desandando un camino innecesario.

Ayer se le podía
picar a un toro veinte veces, incluso los puyazos caían fuera de sitio, pero el
animal sentía que podía en la lucha.

Hoy se masacra al toro bajo el peto, el peso del caballo y el puyazo trasero consentido por el
matador.

Eso sin contar con que la gente no se ha parado a pensar nunca el gran
daño que debe producirle al toro el golpe contra el estribo del picador.

Ayer, el toro podría ser mejor ó peor; -yo creo que como poco era más fiero-, y había que jugársela contra un animal encastado -para bién ó para mal- bravo ó manso, aquerenciado y
a la defensiva, pero la lidia se imponía.

Hoy el toro suavón, tonto, que viene y va, permite un toreo que, sin negarle el evidente riesgo, es
más "plástico", "sirven" más toros; se unifican las faenas, y normalmente me aburren más, por el simple hecho de que hay que ver muchas corridas para poder extraer diferencias notables, al márgen de que cada torero tiene -como es natural- su propio estilo, pero difícilmente me emociona.

Naturalmente que el toreo actual tiene muy poco, o casi nada que ver con el de primeros del siglo pasado, y me atrevo a aventurar que, si ahora viéramos corridas como las de antes, probablemente nos desagradarían, al menos a la gran mayoría del público, porque no hay más que fijarse detenidamente en la reacción del gran público (dejando aparte a los verdaderos aficionados) cuando un matador, frente a un toro que requiere una lidia que le prepare para la estocada final, bien sea porque no pasa, se defiende, se encula en tablas ó cualquier otro inconveniente, le machetea por la cara, y es entonces cuando suenan voces de desagrado, pitidos y otras lindezas. Y es que no saben que torear no sólo es "hacerlo bonito", es, ante todo, lidiar.
En fín, lo dicho, mi felicitación al Museo Taurino de Valencia por lo que nos hace disfrutar a los aficionados de verdad. Y que siga por ese camino que nos acerca más cada día a la fiesta y hace de un museo un lugar de encuentro y divulgación de parte de nuestra historia.


-MiguelitoNews-

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