viernes, 30 de junio de 2023

Muy interesante.

Fotografía: Jan Harenburg (CC).


No me toques la paella

Cuentan los viejos del lugar que hubo una vez un chiringuito en el que se sirvió un plato de paella que no maridaba langostinos y pollo. Eso fue hace mucho mucho tiempo, en una galaxia muy lejana.

Aún hoy perduran los bares playeros setenteros donde se atenta contra el plato valenciano más internacional que ha habido y habrá, y que se ha convertido en la verdadera enseña nacional, superando himnos y banderas. En este tipo de restaurantes malditos se siguen sirviendo las mal llamadas paellas, que desafían los principios básicos del maestro cocinero valenciano. Porque, que quede claro desde el principio, es cocinero, no cocinera. La paella la hace el macho alfa de la manada. Nadie más. El macho de mayor rango es reconocido por la familia como el auténtico paellero, el único que tiene derecho a cocinar la paella para el resto de la tribu. Solamente en su ausencia, y por razones más que justificadas, el joven macho que aspira a ser maestro en temas paelleros tendrá la osadía de intentar emular al ascendente dominante. En el momento mágico de la cata, el resto del clan reconocerá las habilidades aprendidas por el aspirante, pero loarán, no sin cierto pudor, la paella que hubiera, o hubiese realizado, el macho dominante ausente.

Pero empecemos por el principio. La paella se llama paella. Es decir, el utensilio donde se cocina. El plato toma el nombre del propio recipiente, que significa «sartén» en valenciano. Si el cocinero oye la palabra «paellera» con total seguridad un escalofrío recorrerá su espalda, y tal vez una mirada compungida señalará a aquel que haya osado no llamar las cosas por su nombre.

La paella se cocina siempre a leña. Hacerla con gas es bajar a los infiernos. Si por alguna razón la vida te pone en la tesitura de cocinar una paella a leña, el «paellero», nombre técnico que reconoce al cocinero de la paella (pero también al lugar donde se cocina), tiene la obligación de mencionar, aunque sea de soslayo, que como las paellas a leña no salen ningunas. En ese momento es lícito recordar, con lágrimas en los ojos y el corazón encogido, el walk of fame de las mejores paellas que albergue nuestra memoria. Todas a leña, por supuesto. En lo tocante a la leña, todo buen maestro paellero sabe, conoce y reconoce, que la mejor paella se hace con leña de naranjo. La medalla de plata es para el limonero, y luego no hay nada. Un enorme vacío que no permite usar otra leña que no sea la endémica de los cítricos que pueblan las cálidas costas valencianas. Una especie de nihilismo leñero que nos encoge el alma. Aunque todo buen paellero usará aquella leña de la que disponga sin criterio alguno, pero con un recogimiento y un silencio que no podrá ser perturbado con la mención de la leña de naranjo o de limonero, en su defecto.

El principio de una buena paella es el nivelado. Es el momento en que un maestro paellero se la juega, como en las distancias cortas. El aceite debe de quedar exactamente en el centro de la paella. No centrar el aceite es el inicio del desastre, el principio del fin, el apocalipsis, el omega. En Valencia se han levantado altas torres, y alguna ciudad futurista, con menor precisión con la que se nivelan las paellas. Lo primero es lo primero.

Los ingredientes de la paella no se discuten. Dos verduras esenciales e innegociables, impertérritas y sempiternas, eternas y constantes. Garrofón y judía verde. A la judía verde nunca se la llamará judía verde. Se la llamará bajoqueta (pronunciado «bachoqueta»), aunque se hable en castellano. Este es un código transmitido desde la noche de los tiempos, y verbaliza uno de los máximos mandamientos de la paella: desconfiarás de aquel que llame a la bajoqueta judía verde. Esa gente no es de fiar. Un maestro paellero sabe que no está en Valencia si alguno de los comensales hace el manido chiste en el que llama «garrafón» al garrofón, con mención implícita o explícita a los combinados alcohólicos. En ese preciso momento toda la tristeza y toda la nostalgia caen como un jarro de agua fría sobre el paellero, que no se reconoce entre sus iguales, sintiendo una punzada en el corazón y un desánimo en su espíritu. La tercera en discordia, el bronce de las verduras, es la alcachofa. Todo lo que traspase estas líneas rojas pasa sin solución de continuidad a la paella de chiringuito. Cualquier otra verdura hará que al maestro paellero le suban las pulsaciones, se ponga rojo de ira o le dé un síncope, especialmente cuando aparecen los temidos pimientos, guisantes o cualquier otra verdura inventada por el demonio en el peor de sus delirios malignos.

La carne es pollo y conejo. Ya está. Si tus ancestros son habitantes de la Albufera, entonces se permitirá la licencia de poder añadir focha, un ánade endémico de la laguna dulce valenciana. No existe más allá y, sobre todo, no podemos transgredir la frontera del cerdo. Una paella pierde su nombre cuando el marrano aparece por la puerta. Un maestro paellero debe renegar del uso de las costillitas de cerdo, que se reservan para otro de los arroces del olimpo valenciano, el arroz al horno.

Al paellero le acompaña en la ceremonia cierta fauna variada que rodea al fuego mitológico donde se cocina la paella. Debe existir, y si no no se puede completar el rito atávico de la paella, el tocapelotas. Cada grupo que se organiza en torno a una paella debe tener designado, aunque sea de forma tácita, un tocapelotas, que debe ser reconocido por el resto de la tribu paellera. Su obligación es realizar indicaciones periódicas sobre cómo él (este es un juego de machos) haría la paella, y cuáles son las objeciones esenciales al plato que se está cocinando. Entre su inventario de quejas puede elegir entre el orden de cocinado de los ingredientes, el nivel de agua en la paella o el punto de sal una vez servida en la mesa. Se aconseja que el tocapelotas intervenga entre tres y cinco veces durante la realización de la paella. Superar ese número de interrupciones puede considerarse molesto, y le acerca al riesgo de no ser invitado a la próxima paella.

Hay un momento en que los machos del grupo se reúnen en torno a la paella para realizar la ceremonia del hígado frito. Mandan los cánones que el maestro paellero sacará el hígado cocinado del conejo y se lo ofrecerá a uno, máximo dos individuos, del grupo que se sabrán reconocidos por el cocinero como aquellos a los que se tiene mayor aprecio, aquellos a los que el maestro los reconoce como sus iguales, aquellos que pueden entender los entresijos ocultos del rito esencial de la paella. No hay mayor honor que el cocinero te ofrezca el hígado. Y hay que reconocerle el gesto, porque de lo contrario el resto de la tribu desconfiará del individuo que haya mostrado su rechazo ante tamaño presente.

Sabe el valenciano que el arroz no se echa de cualquier forma a la paella. Hay dos modalidades aceptadas por la Real Academia de la Paella, que no existe, pero que habita en el imaginario de todos y cada uno de los auténticos comedores de paella. A saber: en caballón y en cruz. No a puñaos, no sin criterio. No somos bárbaros. Existen unas reglas no escritas pero fijadas innatamente en el intelecto del cocinero valenciano, y que se reconoce en todas las eras de la arqueología de la paella.

Todo buen valenciano sabe que la auténtica paella se cocina con agua procedente de Valencia. En el hipotético caso de que se tenga que cocinar la paella fuera de las lindes regionales, el maestro paellero estará obligado por su honor a transportar tantas garrafas de agua de Valencia como sean necesarias para el óptimo cocinado de la susodicha paella. Si algún neófito cuestiona tal principio se balbuceará alguna frase inconexa sobre la dureza del agua, sin necesidad de apelar a los socorridos grados franceses.

Otro momento cumbre es la corrección del punto de sal. Solo puede haber un elegido. Un escudero que comparta la extrema responsabilidad del punto de la paella. No puede ser cualquiera. Debe ser otro macho alfa maestro paellero, tal vez de menos rango, pero curtido en mil batallas paelleras, que sepa reconocer o predecir con precisión de quiromante si a la paella, una vez lista, le faltará sal. No hay momento más emotivo para el maestro paellero si ante el ofrecimiento de la cuchara humeante su homólogo asiente con un gesto silencioso, aunque condescendiente.

El clímax ocurre cuando la paella se deposita en la mesa. Los machos se agolpan rodeando el tótem paellero, del que comerán directamente, aunque con una serie de reglas que no pueden ser violadas o trasgredidas. Las mujeres y los niños, como si de un barco se tratase, deberán resignarse a comer «en plato». Los más altos honores se reservan para el maestro paellero, que escogerá arma y lugar para el duelo al atardecer. Dos utensilios se reconocen como verdaderos y únicos: la cuchara de madera y el tenedor. En este orden de pureza. Será el cocinero el que indique el momento de empezar a comer, el que dé el pistoletazo de salida, el que ofrezca el Corpus Christi. Hasta ese momento nadie osará profanar la magna obra realizada. Y entonces podrán comenzar la comilona el resto de integrantes del evento paellero, quienes, esté como esté la paella, deberán realizar toda mezcolanza de gestos, palabras y gruñidos de los que sean capaces, con el objetivo único y sublime de alabar la paella, destacando sus virtudes y ocultando sus defectos.

El valenciano de bien sabe hasta dónde puede comer en la paella. Sabe que se come en su área de influencia, siempre de fuera hacia adentro, del perímetro al centro, y que aproximadamente le corresponde medio radián de la circunferencia. Y sabe que es necesario dejar un muro de arroz que servirá de frontera inexpugnable para los comensales que tiene a ambos lados, quienes, si son unos auténticos gentlemen de comer paella, nunca osarán derrumbar o traspasar. Si el muro de Berlín se hubiese erigido en Valencia con arroz de paella todavía seguiría allí. Lo sabemos todos.

Pero hay normas no escritas que ningún valenciano revelará nunca, aunque seamos pasto de las más diabólicas torturas o de los más suculentos chantajes. Todo valenciano sabe que solo se come paella en Valencia, y que ese es su cielo en la tierra. Todo lo que sea traspasar las fronteras de la terreta es garantía de no poder degustar una auténtica, verdadera, genuina paella valenciana. Si alguien dice que ha comido una buena paella pongamos en Murcia, lo miraremos con la ternura del padre que mira al niño con el mundo por descubrir, y que todavía tiene mucho por aprender.

El sublime y único placer de la realización de la paella nunca alcanzará los chiringuitos playeros o los restaurantes más consagrados. Tal vez se pueda comer una buena paella en algún reducto marinero, pero la liturgia de la paella tiene sus sacerdotes consagrados, sus monaguillos pinches y algún que otro hereje al que perseguir sin descanso.

Buen provecho.


sábado, 10 de junio de 2023

¡Quiero ser contertulio!



Estoy en Cullera. No son todavía las doce de la noche, la hora de las brujas, pero falta poco y, como suele ser costumbre, es la hora en la que mis ideas llegan a la cabeza, siendo imposible, a pesar de que mi esposa me lo recrimina, que tenga que escribir lo que bulle en mi cabeza.

Estoy en la terraza del apartamento que tengo junto con mi madre, es decir, en nuda propiedad para los más enterados, y sopla una brisa del mar que me hace sentirme en la gloria, si es que, como tal, existe. Comoquiera que es bastante improbable que me toque una Primitiva que haga variar sustancialmente mi vida, esta es la mejor manera que tengo de disfrutar de lo tangible, de lo que dispongo sin necesidad de esperar quimeras bastante difíciles de llegar a ser una realidad.. Y por eso, porque me encuentro tan a gusto con este silencio, este bienestar, esta calma que solo encuentro aquí, no puedo sustraerme a pensar en cosas, buenas y malas, accesibles o inalcanzables.

 Últimamente andan las cosas bastante alteradas, sea por la guerra de Ucrania, que es la que parece tener la culpa de todo, como anteriormente la tuvo la Covid-19 -¿o quizás todavía la tiene?-, y en los medios no hacen más que repetir hasta ser cansinos, que la cosa va bien, que somos los más guapos de Europa, los que menos problemas tenemos y los que no hemos de quejarnos de nada, porque otros están peor. ¡Ja!.

 Eso dicen por ahí, veas la televisión que quieras, todo son personajes, ¿o debería decir personajillos?, que opinan sobre lo divino y lo humano sin apreturas, sin pararse a pensar en lo que dicen, con tal de llenar el espacio que les dispensan en las distintas cadenas y periódicos.

Lo cual me hace preguntarme con pena si equivoqué mi oficio, que no citaré por simple y normal, en lugar de haberme dedicado, con algún apoyo, a opinar. En definitiva, que quiero ser contertulio, palabra esta que aglutina a personajes de diversa especie, todos humanos, eso si, que se dedican a acudir a diario al set de televisión llámese X para largar sin reparos sobre los temas que allí se debaten, o también, si no se es tan afortunado, a escribir unas pocas líneas en una colaboración diaria -con suerte- o semanal en algún medio escrito.

 Y digo que me gustaría porque me siento capaz de decir tantas incoherencias como ellos sin ser tan mediático, y llevármelo crudo día a día, aceptando incluso que me lo remuneraran a mes vencido, da igual. Porque, a poco que se preste atención a su "trabajo", se da uno cuenta rápidamente del hecho incuestionable de que opinar y emitir sentencias resulta fácil, máxime cuando se habla todos a la vez, cuando no se respetan los tiempos ni los turnos, cuando se trata de ver quien la tiene más grande o es más maleducado, más alto despotrica o menos deja hablar a los demás.

  Más cenutrio, en suma.

 Y a pesar de eso, a pesar de ir contra mis principios, porque yo, al contrario de Groucho Marx que decía: "Estos son mis principios, pero si no le gustan tengo otros", y debiendo de costar mucho el hecho de tenerlos que cambiar, a pesar de eso me reitero en añorar ser uno de esa especie, porque me daría la oportunidad de expresar cosas que a la mayoría de la gente les están vedadas porque sí, porque no disponen de los medios que tiene ellos para, al menos tener el derecho de réplica, para poder objetar que no se está de acuerdo con lo que dicen o lo que se piensa, porque es muy fácil, y no le quito mérito, estar en una posición que algunos se han ganado, bien sea por sus propios oficios o quien sabe porque, y sentirse por encima del bien y del mal para, desde su atalaya, hablar de lo que quieran de la actualidad o de lo pasado, y que, cuando alguien disiente de algún modo, o por alguno de los pocos recursos disponibles, expresa su discrepancia, tardan bien poco en machacar la disonancia con mayor o menor agresividad, sabiendo que no es posible la réplica, porque no hay medio alguno de hacerlo y porque, ¡hasta ahí podíamos llegar!, enmendar la plana a la estrella que tanto brilla.

 Y eso sin hablar de lo que económicamente redundaría en mi economía, porque, a pesar de que mi señora esposa intenta cada semana que nos toque la Primitiva, ni por esas, con lo cual debemos de seguir con lo que el destino ha dispuesto para nosotros que, sin ser malo, podría ser mejor, que duda cabe, aunque probablemente, como dice mi amigo Pepe, si me tocaran muchos millones en la lotería, mi vida sufriría una transformación para nada aconsejable -eso dice él, como se nota que es abogado- pero a mí, aunque solamente fuera ya en mi cercana tercera edad, no me disgustaría probarlo.

 Aunque me equivocara.

 Tantas veces lo he hecho en esta vida.

 -MiguelitoNews-


miércoles, 10 de mayo de 2023

La coronación

 

Resulta anacrónico, y a la vez extemporáneo, que, aunque pueda parecer lo mismo no lo es, sino que se complementan ambas definiciones, y creo conveniente citarlas aquí, porque la cosa tiene guasa. Que en pleno siglo XXI todavía existan monarquías sobrepasa mi entendimiento, pero ya lo decía Guerrita cuando le presentaron al filósofo José Ortega y Gasset, con la famosa frase "Hay gente pa' tó'".

Y, por lo que se ve, no andaba muy desencaminado.

Resumiendo, que parece ser que hay ansia viva de querer ser emperador porque, además de rey del Reino Unido de Gran Bretaña y los Dominios Británicos de Ultramar, vulgo la Mancomunidad de Naciones o  Commonwealth, también es, por extensión, Emperador de la India, que, aunque es un país independiente desde tiempos de Maricastaña, resulta que tiene ganas de seguir ostentando la corona imperial porque, de otro modo no entiendo para qué le enroscaron una detrás de otra, salvando las orejas.

Y es que debe de ser bueno ser rey, o estoy yo muy equivocado porque, con setenta y cuatro años en la actualidad y después de pasarse media vida mirando el calendario para ver cuando le tocaba a él ser el amo del cotarro, ahora, cuando lo más lógico, a mi entender, sería que no hubiera aceptado o bien abdicara en favor de su hijo, por aquello de que le hacía "ilu" ser coronado, en lugar de hacerle pasar al Príncipe Guillermo todo lo que él mismo ha pasado, que no veía la hora, porque su mami ya dijo en su momento que ella serviría al país durante toda su vida.

Así pues, muerto el último emperador chino y hasta el bruto de Bokassa, nos queda Charles the Third hasta que el cuerpo aguante. Y es que no aprenden, porque, en lugar de hacer como su tío abuelo Eduardo VIII, que mediante a su abdicación le complicó la vida a su hermano Bertie (Jorge VI), al que no le hacía puñetera gracia ser rey de rebote, entre otras cosas porque era tartamudo y odiaba tener que hablar en público. De modo que, como iba diciendo, al "pillín" de Eduardo le salió la cosa redonda.

Porque, sin ser rey vivió como tal, a costa de la Corona siempre, en París, en las Bahamas, donde quiso, vaya, y eso sí, acompañado de su querida Wallis, que en definitiva era lo que ansiaba. Y Carlitos, que podía haber seguido el mismo camino con su Camilita, va y la caga. En fín, él sabrá lo que hace.

Y llegamos a la coronación de este año, con un lujo y boato impensable por mente alguna que se considere medianamente estable, porque tal y como está el patio en todo el mundo y, sobre todo en Gran Bretaña por el fallido Brexit, es indecente gastarse el dinero que se ha gastado en la hoguera de las vanidades, para ir en la carroza como La Cenicienta, con sus caballitos blancos, sus palafreneros, etc. y volver en otra distinta, porque sí, porque la anterior tenía el asiento caliente y le daba cosa.

Y así llega a la Abadía de Westminster con la que estaba cayendo (como aquí en la boda de Felipe y Leticia) y allí le esperaba el Arzobispo de Canterbury y cuarto y mitad de capisayos de todos los colores para ayudar en los oficios ceremoniales y tal y tal. Con esa cara que tiene color de chicle de fresa masticado y esos dedos que parecen salchichas de Frankfurt, se dejaba hacer de todo, ahora la capa de armiño que llegaba desde allí a las Casas del Parlamento, luego con otra encima por si tenía frío; luego le medio desnudan para meterlo en el chiringuito que montaron en medio de la iglesia para, según ellos, ungirlo con los sagrados óleos y/o como los maledicentes ya andan pregonando, porque le dió un apretón y hubo que improvisar a la carrera.

Todo esto lo cuento con conocimiento de causa porque, aunque parezca imposible, me tragué toda la retransmisión mientras mi esposa me miraba con cara entre condescendencia y lástima, pero es que necesitaba estar bien informado ya que tenía en mente hacer una entrada al respecto, cosa que finalmente ha sucedido tras sugerirlo mi amigo Pepe; de ahí que vea la luz. 

Y mientras tanto, el otro hijo, el de los negocios extra-reales, pero negocios al fin y al cabo, acudía sólo, sin su querida Meghan ni sus hijos, aduciendo que tenían que celebrar el cumpleaños de uno de ellos. ¿Mentirosos....!. Lo que pasa es que el suegro y la nuera no se tragan, igual que tampoco lo hacía la abuela; y que no me vengan con el cuento de que es por el color de su piel, que no cuela. Más bien parece que la  actual Duquesa de Sussex, en tanto en cuanto no le quiten también el título, se me antoja parecida a una que tenemos muy cerca y no citaré su nombre, que todos sabemos cual es, la cual tiene más huevos que una pava y hace y deshace lo que le da la gana. No digo más. Que me condeno.

Y ya tenemos a otro Windsor rebautizado en el trono, porque, no hay que olvidar que, aunque nacidos en Gran Bretaña, son descendientes de alemanes: los Sajonia-Coburgo-Gotha. Lo que pasa es que, por aquel entonces, y hablo de la primera Guerra Mundial, como que no era muy aconsejable ser germano, y sino que le pregunten a su, creo bisabuelo Nicolás II, como le fue la cosa con los bolcheviques cuando su primito Jorge V le dió la patada y, con ella, firmó su sentencia de muerte y la de toda su familia.

De modo que Camilla Parker-Bowles es ahora mismo- ni ella se lo podía imaginar- reina, pero reina reina, nada de consorte, que hasta ahí le llega la suerte, no como a la periodista un poco divorciada -como decía mi añorado Andrés- que tenemos nosotros. Así lucía una sonrisa como la del gato que se ha comido al canario (¿no os disteis cuenta?),porque sabía lo que le esperaba, aparte del sexo a tope (otra vez Andrés) que iba a tener a la noche.


¿Viagra?, quién lo sabe.

¿Y la gente haciendo cola varios días antes.....?. ¿Son tontos de baba o qué...?. Porque tiene tela. Yo no voy allí ni aunque me paguen dietas y kilometraje. Mucho menos gratis. Pero también había a los que no les molaba mucho tener otro rey chupando de la "mamelleta", que ya es bastante con lo que chupan los políticos como para que haya reyes además de los de la baraja y los Reyes Magos o "The three Wise men" que dicen por allí. Y esos interesaba que se mantuvieran lo más alejados posible del cortejo y desfile, no fuera a ser que jodieran la marrana con sus pancartas de "Is not mi King". Que también, porque no, es una elección.

Y qué decir de los modelitos que lucían los invitados, invitadas e invitades, no la caguemos. Algunas parecía que fueran de la tuna.

Se asemejaba a la alfombra roja de los Oscar en algunos momentos, aderezado en ocasiones con uniformes con más chapas y medallas que los militares rusos y sombreritos y pamelas, que la que llevaba la de aquí parecía que la había desmontado de una lámpara de pie de la Zarzuela. 

Rancios como son los ingleses no se podía esperar menos. Y me llamó la atención el hecho de que la medalla del Toisón de Oro la tiene hasta el Tato, porque la llevaba uno sí y otro no. 

Bueno, ya está bien, que empiezo y no paro, y a este ritmo no me quedarán argumentos para la próxima entrada.

Espero que os guste.

Besitos.

MiguelitoNews- 

P.D.- Por cierto, con la pasta que tiene Carlos ya podía arreglarse un poco la boca, que parece que los dientes se los hayan echado a puñados.




lunes, 17 de abril de 2023

Para que no la pierdas. Con tu permiso.

 "SEÑOR PEPE”, O LA SEMÁNTICA, SEGÚN ANDRÉS.

 

Querido Pepe, o señor Pepe, o Jóse, en definitiva, querido amigo:

Porque esa es la pura verdad, la amistad que durante tantos años llevamos cultivando es lo que tenemos que agradecer, al margen de cualquier otra cosa que pasa a ser menos importante. Una amistad forjada gracias a nuestro llorado Andrés, que fue quien nos presentó, aunque tú no has formado parte estricta del trío que ha pasado calores y fríos pescando al corcho, sin importarles el tiempo ni la estación del año. Tú eres más de pescar, o lo eras, con el fontanero, en “petit comité” y con lanzadora, pero eso no quita que formes parte del grupo.

A menudo me pregunto, y lo hago de verdad, cómo es posible que tú, con la cantidad de gente importante con la que te codeas, hayas podido contemporizar con gente más, digamos normal, como nosotros, sin importar la escala social que coloca a cada uno en un nivel. Y eso es casi lo que más me gusta de tí, de nuestra amistad, porque eres uno de los nuestros, y hoy en día es algo que no es fácil de encontrar. Tú te codeas con directores de hospital, con grandes médicos, con políticos y empresarios, y, a la vez, con personas como nosotros, no por más humildes menos significativas. Eso dice mucho de tu actitud.

Me llama poderosamente la atención, y, sin embargo yo también caigo en la trampa, de que, a menudo se te hacen –te hacemos- consultas jurídicas por el mero hecho de ser abogado, como si, al encontrarnos con un médico  a la hora de almorzar le dijésemos que nos echara un vistazo a la próstata, para explicarnos por qué meamos tan a menudo, o a un director de cine porno cual es la mejor postura. Y eso es una cosa que sucede tan a menudo, que ya la consideramos como algo natural.

Yo mismo te he consultado alguna vez, no voy a negarlo, y eso me hace culpable como a todos los demás, pero a veces sale de forma inconsciente, debido a la familiaridad y al trato tan cercano. Siempre has estado ahí para aconsejarme, por lo que te doy las gracias de corazón, y nunca he estado a la altura en el modo de agradecértelo. Ahora bien, con motivo de tu cumpleaños, que hoy celebras, he querido hacerte mi regalo en forma de esta carta, una carta solo para ti, que no está colgada en mi blog, a menos que tú así lo decidas, porque es algo personal. Te lo debía.

Una carta en la que te expreso mi agradecimiento por tenerte como amigo, una palabra que se usa habitualmente con mucha ligereza y que las personas no valoran en la medida tan importante que tiene. Porque amigos, amigos de verdad se pueden contar con los dedos de una mano y sobran dedos. Al menos así lo entiendo yo, que tengo muy pocos, o es que quizás valoro mucho calificarlos como tal.

Sabes del cariño que le tengo a Andrés, y también a Luís, que no es menos del que te tengo a ti, aunque pueda parecer lo contrario  por aquello de que hemos compartido más horas juntos; no obstante, disfruto cada mañana de almuerzo contigo por tener un momento de conversación seria y equilibrada, al margen de que podamos pensar igual o de diferente manera en cuestiones diversas.

Y es por eso que quiero seguir siendo amigo tuyo y cultivar algo inmaterial y necesario para la vida, al margen de las miserias que nos toca vivir a diario, que no son pocas, pero si las compartimos, aunque sea entre bocado y bocado, parecen menos.

Una vez me dijiste, con ocasión del fallecimiento de Andrés, una frase lapidaria que me llegó muy hondo. Esa frase era: “Cada día tengo más dinero y menos amigos”, y yo me alegro de lo primero y espero que siga presente en tu contador como uno de tus amigos que disminuyen en número.

Con eso sólo me conformo. No necesito más.

Tu amigo.

-Miguel-

P.D.- A mayor abundancia, aquí dejo una lección de protocolo, por si, quien sabemos llegase a leerla y aprendiera de una p… vez: https://protocoloconcorse.es/don-senor-usted-palabras-lxxi/

domingo, 16 de abril de 2023

Esto es para tí. (Y lo sabes).

Conozco a una persona que agradece lo que escribo y me pondera, tal vez en demasía, lo cual, no lo negaré, me llena de orgullo y satisfacción. ¿De qué me suena esta frase....?. En fín, a lo que vamos. Es compañero de almuerzos y otros actos sociales más o menos festivos cuando acompaña el buen tiempo y nos podemos reunir en Cullera.

Digo conocido y no amigo, aunque espero que no se moleste porque para mí, la palabra amigo tiene unas connotaciones que no puedo ni debo frivolizar, y así como aprecio su compañía y la de otros que también concurren en estas ocasiones, estimo que no nos conocemos lo suficiente como para atribuirnos ese nombre.

Espero fervientemente que o me lo tome demasiado en cuenta, que las sensibilidades están a flor de piel, y no es cuestión de importunar.

Pues, retomando el tema, hace poco me aconsejaba que escribiera sobre los almuerzos que compartimos, en el sentido de que, según él, existe más consenso a final de los mismos que al principio. Y digo yo que algo tendrá que ver el hambre, que es tema inaplazable, y también, como no, la sed que se tenga, porque, no cabe duda, la bebida desata las lenguas, no queriendo decir con esto que nos pasemos de la raya, por supuesto que no. Pero no se me puede negar que ayudar ayuda.

En estas cuitas andamos reunidos hablando de lo divino y de lo humano, evitando, en la medida de lo posible, que cada uno es de su padre y de su madre, hablar de política, que lo único que puede aportar, hoy por hoy, es una mala digestión o cuanto menos cierto reflujo esofágico nada grato en lugar de pasar un buen rato.

Y además queda feo.

Es un señor, en el amplio sentido de la palabra –y no lo digo porque siempre nos invite a una ronda, que también- y como tal lo trato, con sus cosas, con sus sorna y su ironía; con ser catalán (1)  presumir y ejercer de ello, -al menos de boquilla- y, sobre todo, por ser un contertulio ocurrente y procaz, en su aceptación semántica de desvergonzado, atrevido, descarado –que no Prozac, no confundir-, con el que la tertulia adquiere mayor interés si cabe.

Volviendo a su propuesta, considero que el almuerzo transcurre de diferente forma según el día, según la actualidad y según el estado de ánimo de las personas, el cual, en estas citas suele ser bastante predispuesto a pasarlo bien, que para lo contrario tenemos más de lo que quisiéramos, y así intentamos que sea. Pero es posible que tenga razón y se desarrolle, como apunté antes, de mayor a menor –el cremaet y el vaqueret van haciendo marcha-, pero siempre es una buena ocasión para volver a juntarse.

No voy a citar nombre alguno. Él ya lo sabe, y los demás, a poco que lean entre líneas, también se darán cuenta. Y también sé que me sabrá perdonar –eso espero- por todo lo que digo en el primer párrafo, porque considero que es verdad, al menos mi verdad, y no es muy difícil de entender y aceptar, así que, desde aquí te mando un fuerte abrazo y el firme compromiso de seguir tratándonos como si nada hubiese pasado.

Es lo que tiene ser buena gente.

(1).- Esta entrada se escribió hace una semana pero, al no disponer de Internet tuve que posponer su publicación hasta después. Es obligado hacer mención a un cambio que puede ser, o no, importante y, lo cierto es que no cambia sustancialmente el sentido de la misma. Se trata de que, tal vez en un lapsus linguae, se le ha escapado que es charnego, o al menos eso he creído escuchar, y, por lo tanto, debía hacerlo constar. No pasa nada, te vamos a querer igual.

 

 

viernes, 17 de marzo de 2023

Día de ofrenda.

Hoy es primer día de ofrenda en Valencia, una ofrenda ya normal, lejos de las restricciones por el tema del Covid-19, el día grande para los falleros y, sobretodo, para las falleras, que pueden lucir sus encantos en el desfile multitudinario ante la Virgen de los Desamparados, como vienen haciendo año tras año.

Pero este año, para una parte de mi familia es algo muy especial y muy importante, porque este año van a entrar en la Plaza de la Virgen tres personas físicamente, pero cuatro en esencia, ya que no en presencia. Una persona que hace años no se vestía para la ocasión, por lo que fuera, que ella era la que decidía o no hacerlo, y este año le hubiera gustado, contra viento y marea, hacerlo. Y a mí verlo, sin duda.

Pero no ha podido ser porque se nos marchó demasiado pronto.

En el instante en que escribo esta entrada sé que están en casa, vistiéndose y preparándose para desfilar esta noche, emocionadas más que nunca, con el recuerdo presente en sus cabezas y en sus corazones, porque esta noche es para ella, para su madre, y no me gustaría estar en su piel por la emoción, porque lloraría como seguro van a llorar.

Yo que soy taurino, o al menos lo era, ya no lo sé, me las imagino como los toreros antes de la corrida, enfundándose el vestido de torear unos y el de fallera las otras, con la liturgia que el momento precisa, con la emoción a flor de piel, porque están a punto de hacer algo que, aunque repetido muchas veces, es nuevo en esta ocasión.

Hay días en los que los recuerdos, las emociones, nos desbordan y debemos hacer de tripas corazón para sobrellevarlos, pero no me cabe duda de que hoy, cuando giren la cara ante el monumento que se va llenando poco a poco de flores, las lágrimas no les dejarán verlo y entregarán su ramo con un beso, como siempre, pero esta vez más sentido, más de verdad.

Y yo, desde aquí , también estaré con ellas, en la distancia y en el recuerdo.

Por eso quiero que me reservéis una flor de vuestros ramos, sólo una, y le deis un beso de mi parte para que le llegue, allá donde esté, de mi parte.

Si no es mucho pedir.

Vuestro tío.

-Migue-